
Este año han llegado dos. Una de ellas es una agenda importante, seguramente muy cara, impresa a dos tintas, con los cortes de oro y una cinta escarlata, y una encuadernación en piel peculiar, suave y mullida. No es como acariciar a una joven sedienta de experiencias sexuales, pero tiene mapa de las carreteras de España y Europa, mapas del mundo y santorales, el nombre de los días en español, inglés, francés y alemán y, esa es la novedad, en cada página una frase de un hombre notable o de un sabio, trescientas sesenta y cinco sentencias o máximas prudentes y elevadas para llevar un poco de sabiduría y serenidad a la vida trepidante y atascada de los ejecutivos y políticos para quienes está pensada una agenda como ésa.
Son citas de clásicos y modernos, proverbios chinos o galicianos (de la parte de Lugo, que también los hay), palabras lapidarias para gente que tiene poco tiempo para la meditación, encaminadas a facilitar su rutilante vida de éxito, frases de gran decoración, como cuernas de un venado. Alguna, como una de Plutarco, digna de Maquiavelo, le ha permitido a uno pergeñar una teoría de la cita, que vendrá la semana que viene, como anoto en esta misma agenda. Dice así: «Quien disimular no pueda, que no gobierne».
II
El de Oráculo manual, el libro de conceptuosas y quintaesenciadas máximas de Gracián, es uno de los títulos más felices de nuestra literatura para una de las obras más hermosas, quizá porque es al mismo tiempo una de las más inútiles, pues nada hay tan inútil como una máxima, así llamada porque es mínima, o un aforismo o una greguería o una sentencia o un proverbio.
Todavía recuerdo con asombro y admiración el efecto que me producían de chico aquellas películas del oeste en las que pistoleros de toda laya desgranaban proverbiales sentencias de la Biblia antes, durante y después de haber acabado a tiros con un infeliz, pistoleros que eran abatidos a su vez por un chérif o un predicador, quienes también echaban mano de los Proverbios o de los Salmos o del Eclesiastés para llenarle el pecho de plomo o darles cristiana sepultura.
