
¿Qué deberes le llevaremos, cuáles serán nuestras sumas y restas, de qué hablaremos en nuestras redacciones? Incluso cabe preguntarnos si lograremos terminarlo, pero esa es una pregunta que no ha de formularse jamás, si hacemos caso a Horacio, el poeta latino que escribió ese corto y hermoso canto que conocemos como la oda del carpe diem, la oda del «apresa el día». Es una buena filosofía, seguramente la única que podemos tener. Y añade Horacio: «No pretendas saber el fin que a mí y a ti nos tienen asignados los dioses. Mejor será aceptar lo que venga, sean muchos los inviernos que Júpiter te conceda o sea éste el último, y adapta al breve espacio de tu vida una esperanza larga». Y sin embargo…
Horacio ya ha muerto, y Leucónoe, la mujer para la que escribió ese poema, y Mecenas y Augusto. Han muerto todos, pero no esos versos, que Horacio habría canjeado por volver a la vida. «Mientras hablamos, huye el tiempo envidioso. Vive el día de hoy. Aprésalo. No fíes del incierto mañana», nos pedía también, pero uno, que tiene ante sí el cuaderno viejo y el cuaderno nuevo piensa que no puede vivir el día de hoy sin el día de ayer, indestructible como una sombra. Al fin y al cabo es todo lo que tenemos, junto al hoy, su larga sombra, extraño fruto. Así lo recordó el horaciano Caeiro: «He cortado la naranja en dos, y las dos mitades no pudieron quedar iguales. ¿Para cuál he sido injusto, yo, que voy a comerme las dos?».
El mal artículo
Decía González Ruano, que escribió más de diez mil artículos, que los mejores artículos en su caso no trataban de nada en especial. Lo decía, naturalmente, como un alarde, como esos pintores que plantan el caballete en una plaza pública y ejecutan en diez minutos, con sorprendente soltura y por dos mil pesetas, la caricatura de ese transeúnte que está dispuesto a pagar dos mil pesetas por una caricatura de sí mismo.
