
El discurso podía ser interminable, pero siempre acababa con las mismas palabras: "Y si al morir dejo la hacienda mermada, no por esto voy a sentir el menor remordimiento, también yo tengo derecho a cantar mi propia canción." Cuando la compró, la casa se llamaba "El Viejo Molino", por un molino desvencijado de grandes aspas situado en la entrada de la finca a media altura de la ladera donde estaba situada, que recogía como en un corredor todas las corrientes de los vientos de los que era tan pródiga aquella tierra. No tenía armadura metálica, sino que se levantaba sobre una torre de ladrillos y piedras, cuyo revocado se habían llevado en buena parte los años, las tormentas y la desidia de antiguos propietarios. Él lo había hecho remozar y aunque seguían las aspas por enderezar y completar, había hecho pintar de verde oscuro los hierros que habían resistido el tiempo y había aceitado la maquinaria hasta tal punto que, cuando la tramontana era muy feroz, el viejo molino se desperezaba, chirriando los goznes de pura pereza y comenzaba por dar lentas vueltas empujado por las ráfagas mientras las bielas subían y bajaban con la lentitud de la inanidad: el pozo se había secado hacía años y no quedaba de él más que un brocal de belén cubierto de hiedra como un elemento decorativo del paisaje. El molino servía de muy poco pero fue él el que dio el nombre definitivo a la casa. "Se llamará "El Molino", ordenó, "ni nuevo ni viejo, "El Molino" a secas." Mandó imprimir unas tarjetas con aquel nombre tras el suyo y clavó una placa de metal en un poste a la entrada del camino.
Entre adecentar la casa, comprar ganado, construir corrales y apriscos, y pelearse con los pastores, habían pasado ocho largos años, hasta que un día de pronto, sin ningún síntoma, ningún signo que anticipara la tragedia, llegó el ataque, la hospitalización y la sentencia que lo dejó postrado en una silla como un bulto inerte y mudo, y quién sabe si sordo y desprovisto de entendimiento, convertido en un tierno y sosegado vegetal. Éste fue el único acontecimiento de su vida que logró cambiar la mía y, lo que son las cosas, el único no decretado por su voluntad.