
Porque desorientada ante este golpe e incapaz de hacerle frente alejándome o ignorándolo como había hecho siempre desde aquella primera vez, cuando me casé y dejé Barcelona para irme a vivir a Madrid aprendiendo a huir de su custodia y del terror que me provocaba su inapelable autoridad, invertí el orden de mis estancias y pasé a tener el centro de operaciones, por decirlo así, en la casa del molino donde decidí que él permaneciera ya que éste había sido su refugio más querido, y en cambio el domicilio de Madrid, el pisito donde habíamos vivido mi marido y yo, pasó a ser un apartamento de escueto mobiliario y estantes con lo imprescindible en el que vivía durante los meses lectivos, casi como una estudiante. No puedo negar que también me movió el miedo y la angustia a no poder soportar el remordimiento que me corroería si lo abandonaba a su suerte, y sobre todo el rechazo que me provocaba verme viviendo con él, más que inválido inerte, en Madrid. Llevé, pues, todas mis cosas a la casa del molino con el talante de quien sacrifica una buena parte de su vida y de su tiempo por un padre que, si bien había sido autoritario y al que nadie, y menos aún yo, le había conocido una sonrisa o una palabra amable, nunca me había prestado la menor atención y se había dejado llevar permanentemente por un espantoso mal genio; en el fondo era una buena persona, me dije, y en cualquier caso se trataba de mi propio padre. Ésos fueron los motivos de mi restringido traslado, pero justo es reconocerlo, lo hice también por el recóndito anhelo de hacer de aquella casa, mi casa.
Fueron dos años duros, porque no lograba reconocer en ella mi hogar aunque yendo y viniendo tenía siempre el aliciente del cambio.
