Pero contaba a gritos a todo el que quisiera oírlo, incluso a los hombres del bar del pueblo con los que iba a jugar al dominó los domingos por la tarde, y también a mí cuando le acometía uno de sus ataques de violencia verbal, que "poco le importaba perder o ganar, que el dinero era suyo y que a su hija Aurelia", ésa era yo, "ya le había dado la posibilidad de cantar su canción en esta vida. Cada uno tiene que cantar su canción"; repetía a gritos una metáfora que yo le había oído desde que era niña: "y no tengo que reprocharme de habérselo impedido. La he enviado a estudiar por el ancho mundo, la he mantenido y subvencionado durante largos años de investigación y estudio, la he convertido en una doctora en Virología o en Biología Molecular, algo así", dudaba siempre quitándole importancia, "que ahora, si no gana tanto dinero como el que ganaba yo a su edad, se basta a sí misma y además tiene cierto prestigio, y como vive la mayor parte del tiempo en Madrid, donde se casó y encontró trabajo, apenas nos vemos y por supuesto ya no nos necesitamos. En cuanto a mi yerno", en un imparable aumento de la irritación, "ya he perdido la cuenta de cuándo murió, sólo recuerdo que era un enloquecido artista de izquierdas", decía con desprecio, "que no merecía cobrar un duro porque había perdido hacía años la capacidad, no ya de ganar dinero, sino siquiera de conservarlo." Les tocaba después el turno a los nietos que no tenía ni parecía que fuera a tener, decía, como no tenía sobrinos, ni ahijados, ni familiares de ningún otro tipo. Así que nada lo obligaba con nadie. Estaba convencido de que conseguiría enderezar el negocio de los corderos pero en caso de que así no fuere -en este punto del discurso ya había levantado el brazo que movía como si blandiera una espada-, poco importaba, porque tenía la experiencia y la inteligencia suficientes para que ni la mala suerte ni los reveses lograran acabar con su fortuna por mal que le fueran las cosas y por años que le quedaran de vida.



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