
Me gustaba llegar tras uno o dos meses de ausencia y sobre todo me gustaba irme cuando, cansada ya de la inactividad, de la visión escalofriante de mi padre catatónico, harta del campo y de la vida del campo que, sin embargo, tanto echaba de menos cuando estaba lejos, emprendía viaje otra vez para un nuevo semestre o para iniciar un nuevo curso.
Porque aquellas tardes lluviosas junto a la televisión, que según Adelita distraían tanto a mi padre, aquella obligación de quedarme junto a él, por lo menos esas horas antes de la cena que tomaba, o mejor dicho, que le daba ella a las siete y media con una puntualidad conventual, se convertían en torturas cada vez más insoportables y los deseos de huir crecían en mi alma hasta tal punto que a veces apenas podía respirar. En cuanto me hubiera ido, bien lo sabía, desaparecían la repulsión y los remordimientos por mi desapego y sólo me quedaría una vaga ternura al pensar en el hombre silencioso e inmóvil, mi propio padre, cuyo recuerdo era incluso capaz de disfrutar.
Pero ahora que había muerto ya comprendía que no tenía demasiado sentido permanecer en una casa que seguía sin ser mi casa. Y sin embargo, me había hecho a sus muros y a la penumbra de sus estancias de tal modo que la sola idea de abandonarla me daba escalofríos. Tal vez en esta nueva situación con la definitiva ausencia de mi padre lograría poner el pie en ella, y el alma si hacía falta, y me ayudaría el hecho de que, por lo menos en lo relativo a la propiedad, podía considerarla mía a todos los efectos.
Y puesto que estaba bien dirigida y no me exigía atención ni trabajo porque había vendido los corderos, arrendado los campos a mi vecino y dejado la administración de la vivienda y del jardín a cargo de Adelita, decidí quedarme, al menos provisionalmente. Ella, Adelita, consciente de su nueva responsabilidad, acrecentó sus dotes de fiscalización y de atención e incluso cambió las batas que yo le había comprado por unos vestidos de seda negra que aderezaba con blanquísimos y amplios delantales y una gargantilla de puntillas que le rodeaba el frondoso cuello como un volante, para encontrarse más en su nuevo papel de ama de llaves, como pasó a denominarse a sí misma, según probablemente habría visto en alguna película.
