"Un mayordomo…" "¿Qué es un mayordomo?" Y corría Adelita a su casa a buscar el aparato.

"¿Ha visto lo bien que va?", decía con el extraño artefacto en las manos, intentando impresionarme a mí que ni entendía en aparatos electrodomésticos ni me interesaban en absoluto. "Hace todo el trabajo de la casa, plancha, limpia las alfombras, los cristales, las paredes, saca brillo a los metales…" "No puede ser tan perfecto, Adelita, se sabría", le dije yo, que nunca antes había oído hablar de semejantes mayordomos.

"Un teclado electrónico…" "¡Ah!, yo soy muy aficionada a la música, lástima que no tengo tiempo porque se me da muy bien inventar canciones, tengo mucho oído y quién sabe lo lejos que habría podido llegar de no ser…" Desvió la vista un instante hacia el infinito, en un punto concreto difícil de localizar, como si estuviera ausente, imaginando tal vez lo que el mundo se había perdido.

Pero volvió en seguida a la tierra: "Me lo decía la profesora en la escuela." "Pero ¿no dice que se casó a los doce años? ¿Cuándo fue a la escuela?" Adelita no se inmutaba: "Pues antes, antes de casarme." "Un vídeo, una máquina de fotos, un aparato de diapositivas…" "Me gusta ir por los campos y cuando veo un paisaje, o una puesta de sol, ¡chas! saco una foto. Tengo una cantidad de diapositivas…

Miles, miles…" "Caramba", me admiraba yo, incapaz de asimilar de golpe la cantidad de aficiones que demostraba de pronto Adelita. "Es usted un primor", decía por decir algo.

Lo que sí me había llamado la atención, en cambio, era la cantidad de vestidos y de conjuntos de falda o de pantalón que tenía.

Cuando iba al pueblo, fuera a comprar o a visitar a alguien, siempre llevaba un traje distinto. Incluso una vez la vi paseando por el jardín desde la ventana de mi cuarto con una larga falda que arrastraba la cola por la hierba. Iba y volvía por los pasillos entre romeros y lavandas, despacio, midiendo sus pasos para no caerse, porque se había puesto también unos zapatos de tacón muy alto. Y recordé, además, que en verano se iba al pueblo con el traje de baño sin espalda, rota la cintura por unas bermudas que distorsionaban de tal modo su aspecto que yo me preguntaba cómo podía ser que ella misma no se diera cuenta.



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