
"¿De dónde los saca usted?", le había preguntado entonces.
"Me los regalan. Conozco a mucha gente, y gente de mucho dinero.
Saben que me gustan los vestidos y me los regalan." A raíz de esta declaración recordé también que en los primeros días de su llegada a la casa le había comprado unas batas en el mercado pero le venían tan largas como un traje de noche, así que sugerí que se las acortaran en la misma tienda.
"¡Qué va!", había dicho ella, "si puedo hacerlo sola." Se las llevó a casa, y yo nunca las volví a ver. Aparecía siempre muy bien arreglada, pero con otras batas. Pensé entonces que no las recordaba bien, quizá, o que las había cambiado en la tienda.
"Además", seguía su imparable discurso, "a mí me gusta mucho coser, la mayoría de los vestidos que usted me ve los he hecho yo. Y no sólo me hago los míos. No habré hecho yo vestidos y trajes y pantalones a todo el mundo. A todas mis cuñadas les hice el vestido de novia. Me gusta mucho la costura.
En casa de una señora donde estuve de ama de llaves, como estaba la señora sola yo tenía bastante tiempo libre y me dediqué a coser. No sabe la cantidad de vestidos que le hice. Luego cuando ella se fue a vivir con su hija, siempre venía a mi casa para que yo le hiciera incluso los trajes de chaqueta, las blusas, todo, todo…" "Caramba, caramba", respondía yo, agotada.
Pero Adelita seguía cumpliendo con sus obligaciones a la perfección y llenándome de atenciones y delicadezas. Un año, el día de mi aniversario, al salir del baño por la mañana me encontré en la mesita de noche, junto al primer té del día, una tarjeta de dimensiones reducidas, en la que por una parte había la reproducción de unas flores deleznables, y por el otro, una cuarteta escrita en diagonal en la que se rogaba a los ángeles del cielo que bajaran a la tierra a desearme felicidades y se invocaba, además, el poder de los santos para que me concedieran una vida en la que se colmaran mis deseos todos.
