
Adelita me felicitaba sumándose a la levedad de los ángeles y a la potestad de los santos, y con el respeto de su fiel servidora y amiga, firmaba con una rúbrica que saliendo de la última letra daba vueltas sobre sí misma antes de rodear todas las demás en un gran arco y acabar con precisión en el primer punto de la inicial de su nombre.
"Muchas gracias, Adelita.
¡Qué detalle! No sabía que fuera usted poeta." "No sabe usted la cantidad de poesías y textos que tengo escritos. A veces me pregunto qué harán mis hijos con tantos papeles el día que yo muera." Pero yo me fui habituando a sus discursos y la dejaba hablar, consciente de que ese exagerado concepto que parecía tener de sí misma y que con tanta insistencia me quería transmitir formaba parte de su carácter. Y aunque los hechos no coincidieran con los de su vida, admitía que éste era el económico precio que tenía que pagar para estar tan bien atendida.
Unas semanas antes de Navidad, Gerardo y yo decidimos pasar el largo puente de diciembre en la casa del molino, lo que hacíamos con cierta frecuencia. A Gerardo la zona le gustaba porque podía dar largas caminatas que a veces duraban varias horas atravesando valles y subiendo por montes cubiertos de bosque. Llegaba a casa cansado pero feliz, se daba una larga ducha y preparaba unas copas que bebíamos en el porche de la entrada si el tiempo era bueno o junto al fuego de la chimenea en los días ventosos de lluvia y frío. A mí me gustaba también tenerlo cerca, era un buen compañero y la vida con él era cómoda y plácida, y nunca se quejaba si yo andaba por la casa trajinando o si me encerraba en el estudio para acabar algún trabajo pendiente.
