
"¿No adivinarías lo que me ha dicho hoy Adelita?", me preguntó una noche, haciendo tintinear el hielo de su vaso cuando me reuní con él en el salón poco rato antes de cenar.
"¿Qué te ha dicho?" "¿Se da cuenta, señor?, la señora se me ha adelantado." "¿Se le ha adelantado la señora? ¿Qué quiere decir, Adelita?" "Que la señora ha terminado su libro, y yo, la verdad, todavía tengo mi novela muy atrasada." "Ah, ¿pero usted también escribe, Adelita?" "¡Claro! Claro que escribo, lo que ocurre es que yo no tengo tanto tiempo como ella, ya sabe, esta casa, la mía, el jardín que de una forma u otra lo tengo que llevar yo porque estos jardineros marroquíes por muy buena voluntad que tengan", y hacía una mueca de suficiencia, "confunden la arena con la tierra.
En fin, que no tengo tiempo." Me quedé boquiabierta. Cierto que yo acababa de publicar un libro, pero no era una novela, sino una recopilación de algunos de mis últimos artículos de divulgación que habían aparecido en la prensa.
"Está loca", dije finalmente, "pero es una loca inofensiva. ¡Qué más da!" "No está loca, es un poco exagerada. Dice de sí misma lo que le gustaría ser, no lo que es." "Sí, tal vez, tal vez tienes razón." "Al fin y al cabo, todos hacemos un poco lo mismo. El otro día, por ejemplo, te oí decir que te gustaba más viajar en tren que en avión porque en el tren podías trabajar, te montabas, decías, una especie de despachito en la mesa del tren y aprovechabas el tiempo. Y yo nunca te he visto trabajar en el tren, duermes, lees a ratos, miras la película, te comes todo lo que te traen o si no lo vas a buscar a la cafetería, pero trabajar, lo que se dice trabajar, yo no te he visto nunca." "¿No?", me quedé pensando. "Es cierto que lo dije." "Y es natural, porque es así como te gustaría ser, es así como te gustaría ir en tren y haces planes para que así sea, y cuando lo cuentas estás hablando como si los planes ya se hubieran realizado.
