Así se acaba confundiendo lo que se quiere ser con lo que de verdad se es." "Sí, tal vez tengas razón", reconocí de nuevo, "pero de todos modos son demasiadas fabulaciones, todos los días aparece una nueva faceta de su carácter o de su historia." "Es que son muchas las personas que quisiera ser, es como si fuera probando a ver con cuál de ellas tiene más suerte." "Hablas como si fueras psicólogo", me reí. "Anda ven, no me juzgues tan mal." "No te juzgo mal, amor, es que a Adelita le gustaría tanto ser como dice…" Aun así, eran los tiempos felices. Yo iba y volvía de Madrid, cada vez con más frecuencia, aprovechando cualquier ocasión y gozando de la sensación de libertad que dan las situaciones provisionales.

Me quedaba en la casa del molino dos o tres días o más, si podía arreglarlo antes de partir otra vez, y a veces entre semestres incluso una semana o dos. Todo funcionaba, todo estaba en orden.


Dos años habían pasado desde la muerte de mi padre. Una tarde en que volvía en coche del pueblo, al tomar la primera curva antes de la subida que iba a la casa vi entre las encinas a la izquierda del camino a una figura estilizada, casi desvaída, que me llamó la atención porque era el único ser humano del entorno. Era un hombre vestido de negro que llevaba un sombrero también negro, un pájaro de mal agüero me pareció, aunque sólo lo vi de espaldas, inmóvil, sin la menor intención de avanzar o retroceder.

Estaba en un claro junto a un gran árbol que desde lejos me pareció una higuera a dos pasos de la masía de Pontus. Lo estuve mirando un buen rato pero, como si fuera una escultura que alguien hubiera introducido en el paisaje, seguía sin moverse. No volví a pensar en él hasta que unos días después volvía con Gerardo de dar un paseo, cuando desde una loma que domina un vasto panorama nos asomamos al valle, y escudriñando el paisaje a la luz del crepúsculo descubrimos a dos figuras desproporcionadas, una alta con sombrero y la otra baja, que trajinaban un bulto. Pero no atinaba a mantenerlos en el punto de mira, el viento sacudía con furia los chopos del torrente y sus figuras desaparecían y aparecían como el avión en el cielo nublado de una noche de luna.



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