"Podría ser Adelita, ¿no?", dije yo.

"¿Quién? ¿Dónde?", se extrañó Gerardo.

"No, no será", pero hice una mueca.

"Y si es, ¿pasa algo?", preguntó él.

"No, es cierto, no pasa nada", dije dudando, porque me había dado cuenta de que se encontraban en el mismo lugar, en el claro del bosque junto a la gigantesca higuera donde yo había visto al hombre del sombrero negro hacía unos días al volver del pueblo, sólo que el punto de mira era ahora el opuesto y además estábamos en un alto, así que la visión a vista de pájaro era distinta.

Cuando llegamos a casa, Adelita no estaba. A la hora de la cena seguía sin aparecer. Me fui entonces a su casa, que distaba apenas unos pasos de la mía, y llamé. Se abrió la puerta y una vaharada de olor a rancio, a habitaciones cerradas, me vino a la cara. Y me di cuenta entonces de que en todos estos años ni una sola vez había entrado en la casa de los guardas.

El marido, que había abierto, me miraba sin verme. Apestaba a vino y a sudor, y la cara sin afeitar parecía tener el mismo pelo que el cuello y las muñecas que asomaban por las mangas arremangadas de la camisa.

"¿Y Adelita?", pregunté dando un paso hacia atrás.

El hombre había apoyado una mano en el quicio de la puerta.

"Ha ido al pueblo", dijo. "A ver a su madre, creo." Echó una mirada de través a la luz que le hería la vista y se llevó a la boca un palillo que sostenía en la otra mano. En el fondo de la casa a oscuras, se oía la televisión.

Le di las gracias, murmuré "buenas noches" y me fui.

Gerardo estaba preparando unas copas.

"No te preocupes, Aurelia, ya vendrá." "Si no es eso." "¿Entonces?" "No sé…" Y no lo sabía, no sabía por qué de pronto me había inquietado tanto. En aquel momento sonó el teléfono y Gerardo acudió a la llamada.



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