"¿Quién era?", pregunté por preguntar.

"Nadie. Un error. Un tipo quería hablar con una tal Dorotea." Cuando aquella noche, pasadas las diez llegó Adelita, no le pregunté por el motivo de su retraso.

Había llorado tanto que tenía la cara más aplastada aún, enrojecida y con los ojos pequeños.

"Disculpe, señora", dijo entre hipos, "disculpe. La cena estará en un minuto." "No se preocupe", respondí.

"De todos modos, pensábamos cenar fuera. ¿No es así?", dije dirigiéndome a Gerardo, que sonreía tras su vaso de whisky. "Pero ¿qué le ocurre? ¿Qué le ha ocurrido?" "No puedo ahora, no puedo hablar. Es todo tan triste. Cosas de familias, que siempre me toca cargar a mí con todo." Y comenzó a llorar de nuevo con tal desconsuelo que, excusándose entre hipos, desapareció por la puerta del salón y se dejó sentir todavía en la cocina antes de que la puerta trasera apagara sus sollozos.

Aquella misma semana, de nuevo volvió tarde y llorando porque se le había extraviado el talón que le había dado hacía una semana para que pagara la cuenta de la carnicería.

"¿Cuándo ha sido?", pregunté.

"No sé, esta mañana he ido a pagar y por más que lo he buscado no he podido encontrarlo." "No se preocupe", le dije, "mañana llamaremos al banco, no lo pagarán y en paz." Adelita se secó los ojos, aliviada, y se fue a trajinar por la casa. Me levanté para llamar. Pero antes de que llegara al aparato, sonó el teléfono.

"Diga, diga", me impacienté.

"No, aquí no hay ninguna Dorotea.

Se habrá confundido." Adelita no me dio tiempo a colgar.

"¡Ah!, vaya", dijo, muy animada, olvidando el asunto del dinero.

"Es una pesadez. Llaman constantemente preguntando por Dorotea, no sé lo que está ocurriendo con el teléfono." Llamé al banco para que anularan el talón que había perdido Adelita. Sin embargo, a la media hora el director en persona me comunicó que debía haber un error, porque el talón con el número que yo le había dado y por ese mismo importe había sido cobrado en Barcelona precisamente el día antes.



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