"¡Qué raro!", dije a Gerardo, "tal vez la persona que lo ha encontrado era de Barcelona." "O la persona que lo ha robado", puntualizó Gerardo.

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Me fui a Madrid una vez más, pasé las Navidades con Gerardo en Barcelona y no volví a la casa del molino hasta un par de días antes de fin de año. La encontré, como siempre, en perfectas condiciones y a Adelita dispuesta, amable, diligente. Había dos coches bajo el cañizo de la entrada trasera, además del mío.

Yo lo dejaba siempre en la casa porque llegaba de Madrid en tren o en avión, y desde la estación o el aeropuerto tomaba un taxi hasta la casa.

"¿De quién son esos coches, Adelita?", le pregunté a la hora del almuerzo.

"Uno es de mi hijo el mayor, se lo acaba de comprar, el otro es de un amigo suyo." "Caramba", me dije, porque eran dos coches muy grandes y parecían bastante nuevos, "caramba con esos chicos." "¿Así que ya trabaja y se ha comprado un coche?", añadí, más para mostrar interés que por curiosidad.

"Bueno, sí, eso… el trabajo que tenía ya no lo tiene, pero hoy o mañana comienza en otra empresa, de construcción, como su padre." Al día siguiente, al ir a poner el dinero que había sacado del banco para pagar una serie de facturas en la pequeña caja fuerte empotrada en la pared del fondo del cuarto de armarios, que yo usaba como vestidor, vi que la puerta estaba cerrada con llave pero no tenía puesta la combinación. La habré dejado abierta antes de irme, pensé, porque de hecho había ingresado entonces todo el dinero sobrante en el banco y había dejado la caja vacía, exceptuando el viejo joyero y unos pocos documentos. Pero una sombra de inquietud, esa misma sombra que nos hace dudar de una situación cuando no es exactamente igual que la que dejamos, me hizo sacar el joyero y abrirlo.



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