
Y sin saber qué impulso me obligaba ni entender por qué lo hacía, lo abrí buscando en la hendidura forrada de seda la sortija que había permanecido allí durante veinte años o más. Y no estaba en su sitio. Me di cuenta entonces de que no me sorprendía, que lo había sabido desde el momento que había sentido un atisbo de inquietud al ver la puerta abierta de la caja fuerte. Y lo había sabido con ese conocimiento vago pero firme que sólo reconocemos como tal una vez se ha comprobado que era cierto lo que pronosticaba aquella inicial alarma. Como si una vez más se confirmara esa sensación que me acompaña cuando voy a buscar algún objeto que he dejado en su sitio mucho tiempo atrás, con el recurrente temor a que algo imprevisto, ajeno al objeto y a mí misma, mágico casi, haya ocurrido y aquello ya no esté donde tenía que estar. Como si hubiera un orden oculto pero inmutable según el cual, si no se les presta atención, las cosas se esconden, desaparecen.
Levanté las tapas de la bandejita superior, busqué entre las cadenillas y las viejas medallas, convencida sin embargo de que no habría de encontrarla y por un momento no supe qué pensar. Estaba tan acostumbrada a no encontrar las cosas en su sitio y tenía tan poca confianza en mi memoria que hurgué en ella sin esperanza como hacía tantas veces en busca de las gafas, el bolso, o el libro que estaba leyendo.
