
Es evidente que lo había sacado de la caja fuerte, pero ¿para qué?
¿Tal vez para poner algo dentro?
¿Se me había roto alguna cadena?
En cualquier caso, allí estaba la sortija entonces. De eso estaba segura. La había sacado de su hendidura, y por uno de esos juegos de la memoria que nos sorprende a veces con una escena del pasado en la que no habíamos vuelto a pensar, había aparecido en la pantalla de mis ojos la última vez que me la había puesto, muchos años antes.
Siempre me han molestado las sortijas, por eso casi nunca la usaba, pero sí aquella noche lejana en que Samuel y yo teníamos una cena fuera de la ciudad. A la vuelta nos habíamos detenido a tomar un café.
Y una vez de nuevo en la carretera, al tocarme la mano en un gesto automático, había encontrado vacío el anular y había comprendido en seguida que me la había dejado en el lavabo al quitármela para lavarme las manos. "Eres un desastre", había dicho Samuel, "un día perderás las manos." Volvimos por volver, porque estábamos seguros de no encontrarla. Sin embargo, allí estaba, en un charco de agua jabonosa junto al grifo.
