¿Cuándo había visto la sortija por última vez? Sí, lo recordaba muy bien, había sido el día antes de irme a Madrid, la última vez, sería en octubre o noviembre, porque me llegó nítida la imagen de mí misma sentada en la cama, rodeada de una pila de blusas, las bolsas de las medias y las bufandas, mientras una lluvia sonora, monótona, tamborileaba en los cristales. Y allí estaba también el joyero, pero ¿por qué? Adelita iba y venía poniendo ropa en la maleta. "No, Adelita, no ponga nada en la maleta hasta que esté todo sobre la cama, ya sabe, así no me olvido nada." Pero el joyero ¿qué hacía allí? En un momento determinado lo había abierto yo misma, lo recuerdo. ¿Buscando algo?

Es evidente que lo había sacado de la caja fuerte, pero ¿para qué?

¿Tal vez para poner algo dentro?

¿Se me había roto alguna cadena?

En cualquier caso, allí estaba la sortija entonces. De eso estaba segura. La había sacado de su hendidura, y por uno de esos juegos de la memoria que nos sorprende a veces con una escena del pasado en la que no habíamos vuelto a pensar, había aparecido en la pantalla de mis ojos la última vez que me la había puesto, muchos años antes.

Siempre me han molestado las sortijas, por eso casi nunca la usaba, pero sí aquella noche lejana en que Samuel y yo teníamos una cena fuera de la ciudad. A la vuelta nos habíamos detenido a tomar un café.

Y una vez de nuevo en la carretera, al tocarme la mano en un gesto automático, había encontrado vacío el anular y había comprendido en seguida que me la había dejado en el lavabo al quitármela para lavarme las manos. "Eres un desastre", había dicho Samuel, "un día perderás las manos." Volvimos por volver, porque estábamos seguros de no encontrarla. Sin embargo, allí estaba, en un charco de agua jabonosa junto al grifo.



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