
Levanté la vista, frente a mí, Adelita debía de esperar a que volviera de mi ensimismamiento.
"¡Qué bonita!", había dicho, mientras se ponía a doblar una blusa sin dejar de mirar la sortija. ¿O me miraba a mí? No lo recuerdo.
Yo no sabía si era bonita. No tenía ni tengo elementos, ni tal vez buen gusto o pasión para juzgar la belleza de las joyas. Podía valorar la riqueza o la labor, el cincelado, el brillo y el tamaño de la piedra, el montaje en forma de pétalos de platino y brillantes minúsculos que rodeaban la pieza central, pero en su calidad de joya no habría sabido cómo catalogarla.
Sí, era bonita, pero este tipo de joyas no se habían hecho para mí, eran sobre todo un alarde, un trabajo bello, sin duda, pero casi siempre excesivo. "Es valiosa", le había respondido yo, resumiendo mis propios pensamientos. "Es la única joya realmente de valor que tengo." Reconstruí la escena en todos sus detalles. Sí, así había sido. Luego yo había vuelto a guardarla en el joyero, y el joyero en la caja fuerte. Pero no recordaba haberla cerrado ni con llave ni haber puesto la combinación. Lo cierto es que casi nunca la cerraba cuando estaba en casa, pero en aquella ocasión me iba, ¿por qué no la cerré? Prisa, tal vez, o desidia, o mera distracción, quién sabe.
