Yo me había llevado tal susto y era tan grande el malhumor que la pérdida había provocado en Samuel, por haber tenido que salir de la autovía en busca de la cafetería que, a pesar del alivio, ni él ni yo conseguimos alegrarnos. Tal vez por este mal recuerdo y el miedo a perderla otra vez, nunca más me la había vuelto a poner. "Date prisa, había dicho él al verme llegar, sin cambiar la expresión de malhumor, vamos a llegar a casa tardísimo por esta tontería." ¡Cómo son los hombres!, había pensado yo entonces, incapaces de cambiar de cara por bien que vayan las cosas una vez se les ha torcido el gesto, sin reconocer que lo mismo me ocurría a mí. Y durante el resto del viaje habíamos permanecido los dos enfurruñados y en silencio. Había ocurrido hacía tantos años que las imágenes aparecían en mi mente con el color tostado de los recuerdos de infancia, aunque para entonces yo ya tendría veintinueve o treinta años.

Levanté la vista, frente a mí, Adelita debía de esperar a que volviera de mi ensimismamiento.

"¡Qué bonita!", había dicho, mientras se ponía a doblar una blusa sin dejar de mirar la sortija. ¿O me miraba a mí? No lo recuerdo.

Yo no sabía si era bonita. No tenía ni tengo elementos, ni tal vez buen gusto o pasión para juzgar la belleza de las joyas. Podía valorar la riqueza o la labor, el cincelado, el brillo y el tamaño de la piedra, el montaje en forma de pétalos de platino y brillantes minúsculos que rodeaban la pieza central, pero en su calidad de joya no habría sabido cómo catalogarla.

Sí, era bonita, pero este tipo de joyas no se habían hecho para mí, eran sobre todo un alarde, un trabajo bello, sin duda, pero casi siempre excesivo. "Es valiosa", le había respondido yo, resumiendo mis propios pensamientos. "Es la única joya realmente de valor que tengo." Reconstruí la escena en todos sus detalles. Sí, así había sido. Luego yo había vuelto a guardarla en el joyero, y el joyero en la caja fuerte. Pero no recordaba haberla cerrado ni con llave ni haber puesto la combinación. Lo cierto es que casi nunca la cerraba cuando estaba en casa, pero en aquella ocasión me iba, ¿por qué no la cerré? Prisa, tal vez, o desidia, o mera distracción, quién sabe.



28 из 257