Envuelta en la espesa neblina de mis pensamientos, hurgando en busca de más detalles en la memoria, me sobresaltó el timbre del teléfono. Casi me asusté. Salí corriendo del vestidor y me fui a la sala que se abría a la escalera donde sonaba, impertérrito.

"Diga", dije, pero tenía la mente en otra parte. "Diga", grité porque la voz del otro lado del hilo era muy suave y no había comprendido. "¿Dorotea? No aquí no hay ninguna Dorotea, dejen de llamar, por favor, esto es una pesadilla", grité cargando en la voz un malhumor que amenazaba con desbordarme. Y colgué con estrépito.

Estaba desconcertada. Dejé el joyero sobre la mesa y me acerqué al ventanal. Estaba anocheciendo y al socaire de ese punto de melancolía que tienen los dulces atardeceres de invierno crecía ahora una oleada difusa de inquietud, como si saltando los años me llegara la ratificación de aquella otra sombra que había conocido el primer día de la estancia de Adelita en la casa.

Entonces no quise pensar en ello, decidí que eran aprensiones mías y que esta mujer, insólita por su aspecto y por la forma en que había comenzado a expresarse, sería a pesar de todo una buena guarda.

Y ahora, esa voz, esa voz turbia, borrosa, que insistía en hacerse oír, que intentaba abrirse camino a la superficie, exigía atención e insistía en su llamada. Cierto, no había hecho caso de la voz y la había contratado.

"¡Adelita!, ¡Adelita!", llamé a continuación. Nadie respondió.

Busqué en el piso bajo, y como tampoco la encontré, me fui a su casa a buscarla y llamé a la puerta cristalera.

Salió Adelita masticando.

"Adelita, ¿recuerda usted que, el día antes de irme la última vez, estábamos preparando la maleta, yo me había sentado en la cama y tenía el joyero en las manos?" "Sí, claro que me acuerdo, usted dijo que era la única joya de valor que tenía", añadió mirándose las manos que secaba en el delantal.



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