
"Vamos a ver", dijo cogiendo el joyero. "Estaba aquí", señaló la hendidura y me miró como pidiéndome cuentas.
"Sí, eso ya lo sé." Volvió a dejarlo y, pensativa, recapacitó: "Hagamos memoria", dijo como la enfermera que ayuda a un enfermo que no puede valerse por sí mismo. "¿Qué hizo después con el joyero?" "¿Yo? No sé qué hice. Supongo que lo dejaría en la caja donde lo he encontrado." "Tiene que hacer memoria, ¿no se la llevaría? Piénselo bien." "No, seguro que no." "¿No la llevaría a arreglar o a limpiar?" "No, Adelita, no diga tonterías", dije, ofendida por el tono con que me trataba. "No recuerdo lo que hice pero estoy segura de no habérmela llevado." Y como para demostrar que retomaba el dominio de la conversación, pregunté a mi vez: "¿No ha venido nadie a la casa en mi ausencia?" "No, señora, seguro que no.
Bueno, mi sobrino, pero no se ha movido de mi casa. Aquí no entra nadie más que yo." "Y ¿no habrá entrado alguien por la ventana?" "Las ventanas están abiertas por las mañanas, mientras yo limpio la casa, pero si hubiera entrado alguien el perro habría ladrado y yo me habría enterado." "¿Falta algo más en la casa?" "No, que yo sepa." "Es muy raro que sólo haya desaparecido esta joya del interior del joyero que está en la caja fuerte, en una habitación del fondo. Tiene que haber sido alguien que conozca la casa. De otro modo, antes de llegar aquí se habría llevado un cuadro, una figura, un reloj, algo, ¿no?" Yo me había distraído de mis temores y estaba excitada con la investigación.
