"Piense bien, Adelita. ¿Quién ha venido por aquí? ¿Sus hijos no habrán entrado en la casa?" "Mis hijos", respondió, ofendida, "no entran en la casa, y aunque entraran no robarían." "No se enfade, quiero pasar revista a todo el mundo. No se trata de desconfiar, sino de descartar, ¿me entiende? No se lo tome a mal, que no estamos ahora para estas cosas." Adelita pareció comprender y se dispuso a colaborar.

"No, mis hijos, no, pero tal vez alguno de sus amigos. Aunque si le digo la verdad, vienen a buscarlos con prisa y se van, casi nunca apagan el motor y mucho menos bajan de la moto." Bien lo sabía yo. Tenían unas motos grandes, sin silenciador, que atronaban el valle a las horas de comer y de cenar y sobre todo los viernes y los sábados de madrugada. La noche anterior, sin ir más lejos.

"Por cierto, ¿les podría decir a sus hijos que no fueran a esas velocidades? Un día se van a matar." "No diga eso, señora, yo se lo repito a todas horas, pero ya sabe usted lo que es la juventud. Piense que hay días, sobre todo en las fiestas, en que después de comer desaparecen y no vienen ni a cenar.

Vuelven cuando ya casi es de día." "¿Todos trabajan?" "Ya le dije que el mayor había perdido el trabajo, pero ha conseguido un contrato temporal en la construcción, aunque no sé cuándo empieza; el segundo estaba en un taller de pintura pero ahora está de baja porque dice el médico que se le han puesto los nervios en una pierna, y el tercero quería estudiar, pero ya sabe, no podemos, es mucho dinero para unos trabajadores como nosotros, y cuando se le acabe el contrato ya tiene asegurado un puesto en un almacén de granos." "Oiga, y las motos, ¿de dónde las sacan?, porque si no me equivoco tienen ustedes cinco motos, las de los tres hijos, que van en unos aparatos tremendos, la mobilette de usted, cuatro, y la de su marido, cinco, ¿no?" "Son motos baratas que compramos de segunda mano", dijo, quitándole importancia.



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