"De otro modo, y aunque el pueblo sólo está a poco más de un kilómetro, no podrían venir, tendrían que quedarse a vivir con mis suegros. Y a mí, tengo que reconocerlo, me gusta que la familia esté unida." Y me miró a los ojos con tal intensidad que tuve la impresión de que me estaba desafiando. Y continuó: "Yo los ayudo, ¿comprende?, ellos son ahorradores, pero ya sabe, una madre es una madre." "¿Y los coches que vi ayer cuando llegué?" "Ya se lo dije, uno es del mayor, se lo ha dejado un amigo que se ha comprado otro y dice que, para venderlo por nada, mejor se lo deja." Es cierto, recordé la conversación que habíamos tenido.

"Pero ¿no me dijo que se lo había comprado?" No se inmutó: "Bueno, es una forma de decir, porque si bien no le ha dado dinero al amigo que se lo vendió, sí que le hace favores. Ahora, por ejemplo, lo está ayudando a pintar su casa. Tiene mucha mano para la pintura y es una buena persona." Seguía mirándome. Yo bajé la vista y dije: "¡Ah!" Y nos quedamos las dos en silencio una frente a la otra, yo consciente de que quería volver al asunto de la sortija.

"Así que", dije sin ganas, "no ha entrado nadie. Pues no lo entiendo, si no ha entrado nadie…

¡Un momento! Déjeme pensar, un momento." Y recuperando el interés, me fui a la habitación más alejada, la que estaba más cerca del camino vecinal. La ventana, como siempre durante el día, estaba abierta. Una cortina floreada oscilaba con el viento y detenía el sol de aquella mañana de diciembre.

"Adelita, ¿y esta ventana?" "Esta ventana, ¿qué? Usted me dijo que la dejara abierta por las mañanas para que se ventilara el cuarto." "Pueden haber entrado por aquí, es fácil, se trepa por la verja que en este punto es más baja, se sube por el porche y se salta dentro, ¿no?" "Es posible", concedió Adelita, "pero yo estoy siempre por la casa y lo habría oído, además, el perro…" "Alguien que conozca a su perro, quizá", apunté sin demasiada convicción.



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