Pasé la tarde tratando de descubrir quién podía haber entrado por la ventana sin que ladrara el perro que, según Adelita me había dicho, alguien le había regalado hacía unos meses, y quién podía saber dónde se encontraba la caja de seguridad, que además no estaba cerrada, en la que se guardaba una valiosa sortija con un gran brillante. Y aunque parezca increíble, perdí muchas horas dándole vueltas y más vueltas. Fue Gerardo quien me hizo descender de las nubes.

"Es Adelita", dijo cuando aquella noche hablamos por teléfono y le conté que había desaparecido la sortija.

"¿Cómo va a ser Adelita?", respondí yo. "Podría haber robado mucho antes y no lo ha hecho.

Lleva años en la casa. No digas bobadas." "Algo habrá robado que no te hayas dado cuenta. No se empieza a robar así como así. ¿Qué cara ha puesto?" "Una cara normal. Ni asomo de inquietud, ni se ha azorado, nada." Pero fui recordando pequeños objetos que habían desaparecido sin explicación ninguna y a veces incluso rodeados de misterio. Por ejemplo, aquel utensilio para colgar cuchillos que Adelita no podía recordar dónde había ido a parar. O aquel billete de cien dólares que habían dejado los Beckmann en el cajón de la mesita de noche cuando estuvieron pasando unos días en casa y que, tras horas de búsqueda inútil, Adelita había encontrado doblado en varios pliegues debajo de una alfombra, o el talón que Adelita decía haber perdido y que finalmente alguien había cobrado en Barcelona, o…

Una inquietud me cubrió la frente de sudor.

"¿Estás ahí?", preguntó Gerardo. "Contesta, Aurelia." "Sí, sí, perdona, estoy aquí." "Lo que tienes que hacer es ir al cuartel de la Guardia Civil del pueblo y denunciar el robo." "¿Crees que servirá de algo?" "Sí, creo que sí. De algo servirá, algo pasará. Si no lo denuncias, te expones a que no pase nada."



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