
Cuando Adelita ocupó el asiento delantero del coche, estaba muy seria. Más que seria, enfurruñada, y yo la miraba de reojo, no tanto porque dudara de ella, que no dudaba de momento o no quería hacerlo, sino porque me había parecido que a su manera se había ofendido cuando le dije que íbamos a la Guardia Civil.
Se lo había dicho en cuanto había colgado el teléfono.
"Claro que sí, yo también lo he pensado. Que busquen ellos y no nosotras. A ver si los encuentran.
Estos guardias civiles no sirven para nada. No sabe usted las veces que yo he ido a decirles que por la noche ladra mi perro. Pues ellos, como si tal cosa. Igual que las llamadas de teléfono. Que si está Dorotea, que si no está Dorotea.
Ya no puedo más con tanta Dorotea, me duele la cabeza de tanta Dorotea. Como si no tuviera otra cosa que hacer que ponerme al teléfono. Son unos irresponsables. Y con el dinero del contribuyente…" El resto del camino lo hicimos en silencio.
Al llegar al cuartel nos recibió un número de la Guardia Civil. Adelita se había vuelto de pronto muy parlanchina e incluso agresiva con él: "Los he llamado varias veces para decirles que nos acosan por teléfono: llaman, preguntan por Dorotea y después cuelgan. Y ahora ha pasado lo que ha pasado.
Siempre lo estoy diciendo: lo que no pasa en un año pasa en un día." El guardia civil la miraba sin interés, como si lo que decía no fuera con él. Se volvió a mí y me preguntó: "¿Quiere usted presentar una denuncia por este asunto del teléfono?" "¿Por el asunto del teléfono?
No. Quiero denunciar que me ha desaparecido una sortija." Nos hicieron pasar a un cuarto interior donde otro guardia civil parecía esperarnos sentado frente a una máquina de escribir. Nos sentamos. Di mi nombre, la dirección de la casa del molino, la mía de Madrid, mis teléfonos. Y luego comenzó el interrogatorio.
