Mi padre, un neurólogo con cierta fama en Barcelona que siempre había vivido en la ciudad y presumía de ser urbano, había adquirido un buen día esta casa situada en un pequeño valle cerca del mar, en la provincia de Gerona, cuando ya era mayor y estaba un tanto atropellado pero gozaba todavía de buena salud. Y cuando le llegó la jubilación se instaló en ella, decidido a convertirse en un ser rural. Aunque ni él mismo ni nadie habría presagiado un final tan rápido, le quedaban diez años de vida. Sin embargo, él no pensaba en la llegada de la muerte como no la anticipa nadie por temor a enfrentarse a lo inevitable. Así que, para sorpresa de sus amigos y conocidos, se había dedicado a vivir allí solo y enloquecido como siempre había estado, y más aún porque quería suplir con la voluntad la falta de experiencia y su incapacidad para hacerse con la vida en el campo, que nunca le había atraído. Tal vez ésta fuera la razón por la que se peleaba aún más de lo que lo había hecho siempre con sus colaboradores y sirvientas, y a todas horas chillaba y los amenazaba con despedirlos porque los hacía responsables de la encarnizada lucha que le ocupaba todo el día y parte de la noche contra las inclemencias del tiempo, los desastres de su economía y la pretendida persecución de que era objeto por parte de hombres y dioses, en el inalterable afán de convertir aquella finca en una finca agrícola donde pacieran los corderos que se había hecho traer de Inglaterra para cruzarlos con los autóctonos.

Había construido corrales, tenía pastores que andaban por los campos en barbecho o en las lindes de los caminos y los bosques con la radio a todo volumen ahuyentando a los motoristas que cruzaban los prados en busca de peligros, y había logrado perder en los años que duró la aventura buena parte de su patrimonio.



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