
– Yo soy Heracles -se presentó a su vez.
Lo miré boquiabierto. ¡Heracles! ¡Heracles en Troya!
– Señor, nos honras con tu presencia. ¿Te dignarás ser huésped en la casa de mi padre? -lo invité humedeciendo mis resecos labios.
El hombre me respondió con una sonrisa sorprendentemente dulce.
– Te lo agradezco, príncipe Príamo. ¿Incluyes a mis hombres en tu invitación? Todos proceden de nobles casas griegas y no nos avergonzarán a tu corte ni a mí.
– Desde luego, señor Heracles.
Hizo una seña a los dos hombres que lo seguían para que se adelantaran de entre las sombras.
– Te presento a mis amigos: éste es Teseo, gran soberano del Ática, y éste, Telamón, hijo de Eaco, rey de Salamina.
Tragué saliva. Heracles y Teseo eran de todos conocidos: los bardos cantaban constantemente sus hazañas. En cuanto a Eaco, padre del joven Telamón, había reconstruido nuestra muralla. ¿Qué otros nombres famosos figurarían en aquel pequeño grupo de griegos?
Tal era el poder de aquella simple palabra, Heracles, que hasta mi miserable padre se sintió obligado a dispensar una regia acogida al famoso griego. De modo que aquella noche se celebró un banquete en el gran salón, con abundancia de alimentos y bebidas, servidos en vajilla de oro, y arpistas, bailarinas y titiriteros para nuestro solaz. Si a mí me había impresionado, no menos a mi padre: todos los griegos que componían el séquito de Heracles eran monarcas por derecho propio. Por consiguiente me preguntaba cómo se conformaban con seguir a un hombre que no aspiraba a ningún trono, que había limpiado establos y que había sido roído, mordido y atacado por toda clase de criaturas, desde un mosquito hasta un león.
A mi izquierda, en la mesa presidencial, se sentaba Heracles y, a mi diestra, el joven Telamón, y mi padre se encontraba entre Heracles y Teseo. Aunque el inminente sacrificio de Hesíone nublaba nuestra hospitalidad, creíamos disimularlo tan bien que nuestros invitados griegos no advertían nada. Las conversaciones eran fluidas porque era gente culta y estaban debidamente instruidos en todas las materias, desde la aritmética mental hasta las palabras de los poetas, que ellos, al igual que nosotros, aprendían de memoria. ¿Pero qué clase de hombres eran los griegos bajo tal barniz de cultura?
