
Entre las naciones de Grecia y las de Asia Menor, que incluía Troya, había escaso contacto. Y a nosotros, como norma, no nos preocupaba su existencia. Teníamos entendido que era gente notoriamente compleja, famosa por su insaciable curiosidad; pero aquellos hombres debían de ser relevantes incluso entre sus congéneres, porque los griegos escogen a sus reyes por razones ajenas a su linaje.
Mi padre en particular no apreciaba a los griegos. Durante los últimos años había establecido tratados con los diversos reinos de Asia Menor por los que les concedía la mayor parte del comercio existente entre el Ponto Euxino y el mar Egeo, lo que significaba que había restringido gravemente el paso por el Helesponto a numerosos barcos mercantes griegos. Misia, Lidia, Dardania, Caria, Licia y Cilicia no deseaban compartir el comercio con los griegos por la sencilla razón de que éstos siempre lograban superarlos en ingenio y conseguir mejores tratos. Y mi padre contribuía por su parte vetando el acceso de los mercaderes griegos a las negras aguas del Ponto Euxino. Todas las esmeraldas, zafiros, rubíes, oro y plata de la Cólquide y de Escitia viajaban a las naciones de Asia Menor y los escasos comerciantes griegos a quienes mi padre autorizaba el paso tenían que centrar sus esfuerzos en conseguir cobre y estaño de Escitia.
No obstante, Heracles y sus compañeros eran demasiado educados para mencionar tópicos conflictivos como los embargos comerciales y limitaban su conversación a observaciones admirativas acerca de nuestra ciudad rodeada de tan altas murallas, las dimensiones de la Ciudadela y la belleza de nuestras mujeres, aunque esto último sólo podían valorarlo por las esclavas que pasaban entre las mesas sirviendo guisos, repartiendo pan y carne y escanciando vinos.
