Atravesó la habitación y se detuvo delante de la repisa donde estaba el cráneo nuevo.

– ¿Qué sucedió contigo? -murmuró, mientras le quitaba la etiqueta de identificación y la arrojaba sobre la mesa de trabajo. -¿Fue un accidente? ¿Un asesinato?

Ojalá no haya sido un asesinato, pero en estos casos, por lo general se trataba de una muerte violenta. Le hacía mal pensar en el terror que habría experimentado la chiquilla antes de morir.

La muerte de una criatura.

Alguien había acunado a esta niña, la había observado dar sus primeros pasos. Ojalá la hubieran amado y hecho feliz antes de que terminara en ese hoyo en el bosque.

Le tocó suavemente el pómulo.

– No sé quién eres. ¿Te importa si te llamo Mandy? Siempre me gustó ese nombre. -Santo Cielo, estaba hablando con un esqueleto… ¿Y se preocupaba por la cordura de su madre? Bueno, tal vez fuera extraño, pero siempre le había parecido una falta de respeto tratar a los cráneos como si no tuvieran identidad. Esta chica había vivido, había reído, había amado. Se merecía algo más que un tratamiento impersonal.

– Ten paciencia, Mandy -susurró Eve-. Mañana tomaré las medidas y pronto comenzaré a esculpir. Te encontraré, ya verás. Te traeré a casa.


MONTERREY, ESTADO DE CALIFORNIA


– ¿Seguro que es la mejor opción? -La mirada de John Logan estaba fija en la pantalla del televisor, que mostraba un vídeo de la escena en el portón de la prisión. -No parece muy cuerda. Tengo demasiados problemas como para, además, tener que tratar con una mujer que no las tiene todas consigo.

– Caramba, qué ser humano tan cálido y considerado eres – murmuró Ken Novak-. Creo que la mujer tiene motivos para mostrarse un poco alterada. Esa noche ejecutaron al asesino de su hijita.

– Entonces tendría que haber estado saltando de felicidad y ofreciéndose para bajar la palanca. Así me hubiera sentido yo. En cambio, le suplica al gobernador que aplace la ejecución.



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