
– A Fraser lo procesaron por el asesinato de Teddy Simes. Lo atraparon casi en el momento del asesinato y no tuvo tiempo de deshacerse del cuerpo. Pero confesó haber asesinado a once niños más, entre los cuales estaba Bonnie Duncan. Dio detalles que dejaron bien en claro que él era el asesino, pero no dijo qué había hecho con los cuerpos.
– ¿Por qué?
– No tengo idea. El hijo de puta estaba más loco que una cabra. ¿Habrá sido un último acto de malicia? El bastardo ni siquiera apeló la sentencia de muerte. Eve Duncan estaba fuera de sí. No quería que lo ejecutaran hasta que no dijera dónde estaba su hija. Tenía miedo de no encontrarla nunca.
– ¿Y la encontró?
– No.
Novak tomó el control remoto y congeló una escena.
– Ese es Joe Quinn. Hijo de padres ricos, estudió en Harvard. Todos creían que sería abogado, pero entró a trabajar para el FBI. Investigó el caso de Bonnie Duncan con el Departamento de Policía de Atlanta, y ahora es detective en esa fuerza. Él y Eve Duncan se han hecho amigos.
Quinn parecía tener unos veintiséis años en el vídeo. Cara cuadrada, boca ancha e inteligentes ojos oscuros bien separados.
– ¿Nada más que amigos?
Novak asintió.
– No tenemos información sobre si hubo una relación entre ellos. Eve Duncan fue testigo en el casamiento de él hace tres años. En los últimos ocho años, ella ha tenido un par de relaciones estables, pero nada serio. Es adicta al trabajo y eso no ayuda a formar relaciones personales enriquecedoras -acotó mirando a Logan con intención-. ¿No te parece?
Logan pasó por alto el comentario y echó un vistazo al informe que tenía sobre el escritorio.
– ¿La madre es adicta?
– Ya no. Hace años que no toca nada de droga.
– ¿Y qué me dices de Eve Duncan?
– Nunca se drogó, lo que resulta asombroso. Casi todo el barrio aspiraba o se daba con algo, hasta la propia madre. Su madre fue hija ilegítima y tuvo a Eve a los quince años. Vivían gracias a la asistencia social, en una de las peores partes de la ciudad. Eve tuvo a Bonnie a los dieciséis años.
