– Qué espanto.

– Sí, pero yo entiendo esas esperanzas. Y cuando vean la forma en que las facciones de Bobby encajan en el cráneo, caerán en la cuenta de que todo terminó y aceptarán el hecho de que su hijo está muerto. Y tal vez eso haga cicatrizar la herida.

Echó un vistazo a la imagen que tenía en la pantalla de la computadora. El Departamento de Policía de Chicago le había dado un cráneo y una foto de Bobby a los siete años. Ella trabajó con equipos visuales y con la computadora y había colocado el rostro de Bobby sobre el cráneo. Y, como había dicho, las coincidencias eran muy evidentes. Bobby tenía un aspecto tan vivaz y dulce en la fotografía que se le partía el corazón por sólo mirarlo.

Todos me parten el corazón, pensó con cansancio.

– ¿Te vas a tu casa?

– Aja.

– ¿Y pasaste nada más que para retarme?

– Siento que es uno de los principales deberes que tengo en la vida.

– Mentiroso. -La mirada de Eve se posó en el maletín de cuero negro que él tenía en las manos. -¿Es para mí?

– Encontramos un esqueleto en el bosque de North Gwinnett. La lluvia lo dejó al descubierto. Los animales tuvieron acceso a él, así que no queda demasiado, pero el cráneo está intacto. -Abrió el maletín. -Es una niñita, Eve.

Cuando se trataba de una niña, se lo decía enseguida. Tal vez lo hiciera para protegerla, pensó Eve.

Tomó el cráneo con cuidado y lo estudió.

– No es de una niñita. Preadolescente, tal vez once o doce años. Señaló una fina rajadura en la mandíbula superior. -Ha estado expuesta al frío de por lo menos un invierno. -Pasó los dedos por la ancha cavidad nasal. -Es probable que haya sido negra.

– Eso nos será de ayuda -repuso él con una mueca-, pero no alcanza. Tendrás que esculpirla. No tenemos idea de quién pudiera ser. No hay fotografías para superposición. ¿Sabes cuántas chicas se escapan de sus casas en esta ciudad? Si era de los barrios pobres, tal vez ni siquiera hayan informado de su desaparición. Por lo general, los padres están más preocupados por conseguir droga que por seguirles los pasos a sus… -Sacudió la cabeza. -Ay, lo siento, lo olvidé. Qué metida de pata.



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