
– Lo haces siempre, Joe.
– Bueno, solamente contigo. Es que tiendo a bajar la guardia.
– ¿Debería sentirme gratificada por eso? -Evo frunció el entrecejo con expresión concentrada mientras estudiaba el cráneo. -Ya sabes que mamá dejó el crack hace años. Y hay cosas de mi vida que me avergüenzan, pero haberme criado en los barrios pobres no es una de ellas. Si no lo hubiera pasado mal, tal vez no hubiese sobrevivido.
– Claro que habrías sobrevivido.
Ella no estaba tan segura. Había estado demasiado cerca del abismo como para tomar la salud mental o la supervivencia como algo de todos los días.
– ¿Quieres una taza de café? Nosotras las chicas de los barrios pobres sabemos hacer un café buenísimo.
El frunció el rostro.
– Oh. Ya te pedí disculpas, ¿no?
Eve sonrió.
– Quería vengarme con un par de estocadas, nada más. Te las mereces por generalizar. ¿Quieres café o no?
– No, tengo que irme, Diane me espera. -Se puso de pie. -No hay apuro con este cráneo si dices que ha estado enterrado tanto tiempo. Como te dije, ni siquiera sabemos qué estamos buscando.
– Me lo tomaré con calma. Trabajaré con esta chica por las noches.
– Sí, claro, como te sobra el tiempo. -Miró la pila de libros sobre el escritorio. -Me dijo tu madre que ahora estás estudiando antropología física.
– Por correspondencia, nada más. Todavía no tengo tiempo de asistir a clases.
– ¿Por qué antropología, por el amor de Dios? ¿No tienes bastante, ya?
– Me pareció que tal vez esto podría ayudar. He tratado de averiguar todo lo posible de boca de los antropólogos con los que me ha tocado trabajar, pero todavía hay demasiadas cosas que no sé.
