
– ¿Alguna otra oferta?
El “Atlas” de Urrutia estaba en cinco veces su precio de salida cuando el número 11 cometió un error. Quizá le fallaron los nervios, aunque el error pudo cometerlo la secretaria, cuyo móvil sonó con insistencia y ella terminó pasándoselo en un momento crítico, cuando el subastador estaba martillo en alto a la espera de nueva oferta, y el hombre de la coleta gris dudaba como replanteándose la cuestión. El error, si es que lo hubo, también podía ser achacable al subastador, que habría interpretado el gesto brusco del otro, vuelto hacia la secretaria, como despecho y abandono de la puja. O tal vez no hubo error, porque los subastadores, como cualquier ciudadano, tienen sus filias y sus fobias; y aquél pudo inclinarse por favorecer a la parte contraria. El caso fue que tres segundos bastaron para que el martillo cayera sobre el atril, y el “Atlas” de Urrutia quedase adjudicado a la mujer rubia cuyo rostro seguía sin ver Coy.
El lote 307 era de los últimos, y el resto de la sesión prosiguió sin nuevas emociones y sin incidencias; salvo que el hombre de la coleta ya no volvió a pujar por nada, y antes del final se puso en pie y abandonó la sala seguido por el taconeo precipitado de la secretaria, no sin dirigir una mirada furiosa a la rubia. Tampoco ésta volvió a levantar su cartulina. El individuo flaco de la barba terminó haciéndose con un telescopio marino muy bonito, y un caballero de aire adusto y uñas sucias, situado delante de Coy, consiguió por algo más del precio de salida una maqueta del “San Juan Nepomuceno”, de casi un metro de eslora y en bastante buen estado. El último lote, un juego de viejas cartas del Almirantazgo británico, quedó sin adjudicar. Después, el subastador dio por terminada la sesión y todo el mundo se levantó, pasando al saloncito donde Claymore invitaba a sus clientes a una copa de champaña.
