
Stanley pareció animarse con su visita, pero la propia Sarah se daba cuenta de que el final estaba cerca. Casi era esperar demasiado que pudiera celebrar su noventa y nueve cumpleaños en octubre. Además, ¿para qué? Stanley tenía muy poco por lo que vivir y estaba muy solo. Su vida transcurría entre las cuatro paredes de su habitación, una celda en la que estaría atrapado hasta el final de sus días. Había tenido una buena vida, o por lo menos una vida productiva, y las vidas de sus diecinueve herederos iban a cambiar para siempre cuando él muriera. A Sarah le entristecía pensar en ello. Sabía que cuando Stanley se fuera le echaría mucho de menos. Trataba de no pensar en sus muchas advertencias. Todavía disponía de algunos años para pensar en el matrimonio y los hijos. Y aunque agradecía su preocupación, por el momento tenía una profesión que lo significaba todo para ella y una mesa repleta de trabajo esperándola en el despacho. Tenía exactamente la vida que quería.
Eran poco más de las doce cuando llegó a la oficina. Tenía una reunión de socios a la una, reuniones con tres clientes por la tarde y cincuenta páginas para leer por la noche con las nuevas leyes tributarias, leyes que afectaban, en parte o en su totalidad, a sus clientes. En su mesa había un montón de mensajes que logró atender, con excepción de dos, antes de la reunión con sus socios. Respondería a esos dos, y a los nuevos que llegaran, durante los huecos entre las reuniones con sus clientes de la tarde. No disponía de tiempo para comer… como tampoco disponía de tiempo para los hijos o el matrimonio. Stanley había hecho elecciones y cometido errores a lo largo de su vida. También ella tenía derecho a cometer los suyos.
2
Como era su costumbre, Sarah siguió enviando libros y artículos a Stanley a lo largo de julio y agosto. En septiembre Stanley contrajo una ligera gripe que no precisó su ingreso en el hospital.