Y en octubre, cuando fue a verlo el día que cumplía noventa y nueve años, lo encontró de un humor excelente. Lo vivía como una especie de victoria. Llegar a los noventa y nueve años podía considerarse toda una proeza. Sarah le llevó una tarta de queso que coronó con una vela. Sabía que era su tarta favorita y que le recordaba a su infancia en Nueva York. Por una vez Stanley no la regañó por trabajar demasiado. Hablaron largo y tendido sobre el proyecto de una nueva ley tributaria que podía resultar ventajosa para su patrimonio. El tema interesaba a los dos por igual, y ambos gustaban de teorizar sobre el efecto que los cambios de legislación podían tener sobre las leyes tributarias. Stanley tenía la mente aguda y despierta de siempre y parecía menos frágil que la última vez. Tenía una enfermera nueva que se esforzaba por hacerle comer, y Sarah hasta pensó que había engordado un poco. Antes de marcharse le dio un beso en la mejilla, como siempre, y le dijo que el octubre siguiente celebrarían juntos su centenario.

– Cielos, espero que no -rió Stanley-. Ni siquiera había imaginado que llegaría hasta aquí.

Sarah le dejó una pila de libros nuevos, música y un pijama de raso negro que Stanley pareció encontrar divertido. Nunca lo había visto de tan buen humor, de ahí que la llamada que recibió el 1 de noviembre, dos semanas más tarde, la afectara doblemente. Siempre había sabido que tarde o temprano sucedería, pero, así y todo, la noticia la cogió totalmente desprevenida. Después de más de tres años llevando sus asuntos legales y disfrutando de su amistad, había empezado a creer que Stanley viviría eternamente. La enfermera le contó que el anciano había fallecido plácidamente durante la noche, mientras dormía escuchando la música que ella le había regalado y luciendo el pijama de raso negro. Después de una buena cena se quedó dormido y se marchó de este mundo sin un suspiro, sin un gemido, sin una última palabra a nadie. La enfermera lo encontró una hora más tarde, cuando fue a ver cómo estaba. Dijo que la expresión de su rostro era de absoluta paz.



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