Los ojos de Sarah se llenaron de lágrimas. Había tenido una mañana difícil en el despacho, tras una acalorada discusión con dos de sus socios por algo que habían hecho y que ella no aprobaba. Tenía la sensación de que se habían confabulado contra ella. Y la noche previa había discutido con el hombre con quien salía, lo cual no era nada insólito, pero así y todo le afectó. En el último año habían empezado a discrepar más. Los dos llevaban una vida ajetreada y estresante y solo se veían los fines de semana. No obstante, a veces ella y Phil se irritaban por tonterías. Y la noticia de la muerte de Stanley era la gota que colmaba el vaso. Sarah sentía que se le había ido alguien importante, y le vino a la memoria el recuerdo de la muerte de su padre, acaecida veintidós años atrás, cuando ella tenía dieciséis.

En cierto modo, pese a ser su cliente, Stanley era la única figura paterna que Sarah había tenido desde entonces. Le decía constantemente que no trabajara tanto, que aprendiera de los errores que él había cometido. Ningún otro hombre le había dicho jamás esas cosas, y era consciente de lo mucho que iba a echarle de menos. No obstante, era para esto para lo que habían estado preparándose, la razón por la que ella había entrado en su vida, para organizar su patrimonio y la forma en que iba a ser repartido entre los herederos. Había llegado el momento de hacer su trabajo. A lo largo de los últimos tres años había estado elaborando las bases. Sarah lo tenía todo organizado, a punto y en orden.

– ¿Se encargará usted de los preparativos? -preguntó la enfermera.

La mujer ya había comunicado la noticia a las demás enfermeras, y Sarah se ofreció a llamar a la funeraria. Stanley la tenía escogida desde hacía tiempo, pero había insistido en que no deseaba funeral. Quería que lo incineraran y enterraran con la máxima discreción. No quería dolientes. Todos sus amigos y socios estaban muertos y sus familiares no le conocían. Solo tenía a Sarah para organizarlo todo.



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