Después de hablar con la enfermera efectuó las llamadas pertinentes y comprobó, sorprendida, que la mano le temblaba al marcar los números. Stanley sería incinerado al día siguiente y enterrado en Cypress Lawn, en un espacio dentro del mausoleo que había comprado doce años atrás. Le preguntaron si habría oficio religioso y Sarah dijo que no. La funeraria recogió el cuerpo una hora después, y la congoja acompañó a Sarah durante todo el día, en especial mientras dictaba la carta para los herederos. En ella proponía realizar una lectura del testamento en las oficinas de su bufete, algo que Stanley había solicitado en el caso de que los herederos estuvieran dispuestos a viajar a San Francisco. Así podrían aprovechar la oportunidad de inspeccionar la casa que habían heredado y decidir qué hacer con ella. Existía la posibilidad de que alguno quisiera conservarla y deseara comprar a los demás su parte, si bien tanto Sarah como Stanley habían considerado esa opción muy poco probable. Ni uno solo de los herederos vivía en San Francisco y a ninguno le interesaría tener una casa allí. Sarah tenía numerosos detalles de los que ocuparse. Y el cementerio le había notificado que la inhumación de Stanley tendría lugar a las nueve de la mañana del día siguiente.

Sarah sabía que tardaría días o semanas en tener noticias de los herederos. Quienes no desearan o no pudieran asistir a la reunión recibirían una copia del testamento inmediatamente después de su lectura. Y era preciso autenticar el patrimonio. Liberar los bienes de Stanley llevaría su tiempo. Sarah puso en marcha la maquinaria ese mismo día.

Entrada la tarde, la enfermera jefe se personó en su despacho para entregarle las llaves de todas las enfermeras. La asistenta que llevaba años limpiando las habitaciones del ático seguiría haciéndolo. También mantendrían la empresa de limpieza que acudía una vez al mes para ocuparse del resto de la casa.



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