Sarah se sorprendió de lo poco que había que hacer. Además, Stanley tenía tan pocos muebles y objetos personales que, cuando llegara el momento de vaciar la casa para ponerla a la venta, Goodwill podría llevárselo todo. No había nada en esa casa que los herederos pudiesen querer. Stanley era un hombre sencillo, con pocas necesidades y ningún lujo, y se había pasado los últimos años postrado en la cama. Hasta su reloj de pulsera carecía de valor. Había comprado un reloj de oro en una ocasión, pero lo había regalado. Todo lo que tenía eran inmuebles y centros comerciales, pozos de petróleo, inversiones, acciones, bonos y la casa de la calle Scott. Stanley Perlman había poseído una enorme fortuna y muy pocos objetos. Y gracias a Sarah, en el momento de su fallecimiento su patrimonio estaba en perfecto orden.

Sarah se quedó en el despacho hasta las nueve de la noche examinando archivos, respondiendo correos electrónicos y archivando documentos que llevaban días descansando sobre su mesa. Finalmente comprendió que estaba retrasando el momento de volver a casa, como si temiera que el vacío de la calle Scott se hubiera trasladado a su hogar. El dolor que le producía la ausencia de Stanley era profundo. Telefoneó a su madre, pero no la encontró. Telefoneó a Phil, miró la hora y cayó en la cuenta de que estaba en el gimnasio. Pocas veces, por no decir nunca, se veían entre semana. Phil iba al gimnasio todas las noches después del trabajo. Era abogado laboralista de un despacho de la competencia especializado en casos de discriminación y trabajaba tantas horas como ella. Cenaba con sus hijos dos veces por semana porque no le gustaba quedar con ellos los fines de semana, que prefería dedicar a actividades de adultos, casi siempre con Sarah. Trató de localizarlo en el móvil, pero Phil lo apagaba cuando estaba en el gimnasio. No dejó ningún mensaje porque no sabía qué decir. Sabía que Phil la haría sentirse como una estúpida.



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