
No tenía a nadie con quien hablar. Nadie con quien compartir su abrumadora sensación de vacío. Le era imposible explicar lo que sentía. Experimentaba la misma sensación de pérdida que el día que su padre falleció, pero esto era mucho peor. Esta vez no sentía estupefacción, y tampoco alivio. En realidad no había vivido la muerte de su padre como la pérdida de un ser querido, sino como la pérdida de una idea. La idea del padre que nunca había sido, de la fantasía que su madre había creado para ella. Pese a vivir en la misma casa, Sarah llevaba años sin hablar con su padre cuando este murió. Era imposible. Siempre estaba demasiado borracho para poder hablar o pensar, o para salir con ella. Cuando llegaba del trabajo bebía hasta perder el conocimiento y llegó un momento en que ya ni se molestaba en ir a trabajar. Se quedaba en el dormitorio y bebía mientras su madre se esforzaba por encubrirlo, trabajaba en una inmobiliaria para mantenerlos a los tres y pasaba por casa varias veces al día para comprobar su estado. El padre de Sarah murió a los cuarenta y seis años de una afección hepática siendo un completo extraño para su hija. Stanley, en cambio, había sido su amigo. Y el dolor, en este caso, era mucho más intenso. Ahora que Stanley no estaba, tenía alguien a quien echar de menos.
