
El aspecto que ofrecía su dormitorio no era mucho mejor. Sarah hacía la cama los fines de semana, antes de que llegara Phil. La mitad de los cajones de la cómoda ya no cerraban. En un rincón del cuarto descansaba una vieja mecedora cubierta con una colcha hecha a mano que había encontrado en un anticuario. Había un espejo de cuerpo entero con una raja y, sobre el alféizar, otra planta muerta. La mesilla de noche tenía encima una pila de libros de derecho, su lectura nocturna favorita. Y en un rincón, el osito de peluche que había rescatado de su infancia. Probablemente nadie le propondría anunciar su apartamento en Casa y Jardín o en Architectural Digest, pero a ella le gustaba. Era práctico y habitable, tenía platos suficientes sobre los que comer, vasos suficientes para invitar a una docena de amigos a tomar una copa siempre que le apeteciera y dispusiera de tiempo, lo cual no era a menudo, toallas suficientes para ella y Phil y ollas y sartenes suficientes para preparar una comida decente, lo que hacía un par de veces al año. El resto del tiempo compraba comida preparada, se tomaba un sándwich en el despacho o hacía una ensalada. Tenía cuanto necesitaba, por mucho que eso disgustara a su madre, cuyo apartamento estaba siempre impecable, como si fueran a fotografiarlo en cualquier momento. Ella decía que era su tarjeta de visita como interiorista.
