
Pero, sin reparar en ella, el hombre sigue hablando. Cuenta una historia típica de trata de menores, cuyo principio falta pero resulta fácil de reconstruir al poco rato en sus líneas generales: una chica comprada virgen a un intermediario cantonés y vuelta a vender posteriormente por el triple del precio inicial, en buen estado pero tras varios meses de uso, a un norteamericano recién llegado, que se había instalado en los Nuevos Territorios con el pretexto oficial de estudiar sus posibilidades de cultivo de… (dos o tres palabras inaudibles). En realidad cultivaba cáñamo índico y adormidera blanca, pero en cantidades razonables, lo cual tranquilizaba a la policía inglesa. Era un agente comunista que disimulaba su actividad verdadera tras otra más anodina: la fabricación y el tráfico de diversas drogas, a muy reducida escala, suficiente para su consumo doméstico y el de sus amigos. Hablaba cantonés y mandarín, y, naturalmente, frecuentaba la Villa Azul, donde Lady Ava organizaba espectáculos especiales para algunos íntimos. Una vez se presentó la policía en su casa a mitad de una fiesta, pero una fiesta perfectamente normal, organizada seguramente como tapadera, tras una falsa denuncia cursada a la brigada social. Cuando los gendarmes en short caqui y calcetines blancos irrumpen en la villa, sólo encuentran tres o cuatro parejas bailando
