
aún en el gran salón con corrección y elegancia, algunos altos funcionarios o conocidos hombres de negocios conversando aquí y allá, sentados en los sillones o los sofás, o de pie junto a una ventana, y que vuelven únicamente la cabeza hacia la puerta sin cambiar de posición, de espaldas en el marco o con la mano sobre el respaldo de una silla, una joven que suelta una carcajada burlona ante el aire de sorpresa de los dos adolescentes con los que estaba charlando, tres caballeros rezagados en el buffet, donde uno de ellos pide una copa de champán. El camarero de chaquetilla blanca, que miraba el suelo a sus pies, dirige los ojos a la bandeja de plata, que endereza para presentarla en posición horizontal, diciendo: «Aquí tiene, caballero.» El hombre gordo y colorado dirige la mirada hacia él, advirtiendo entonces su propia mano olvidada en el aire, sus falanges rechonchas medio dobladas sobre sí mismas y su sortija china; toma la copa, que se lleva al punto a los labios, mientras el camarero deja la bandeja sobre el mantel y se agacha para recoger algo detrás de la mesa, que lo oculta casi totalmente unos segundos. Sólo se ve su espalda encorvada, en la que la chaqueta corta y ceñida se ha deslizado sobre el cinturón del pantalón negro, dejando al descubierto una franja de camisa arrugada.
Después de incorporarse, pone junto a la bandeja un objeto pequeño que tiene en la mano derecha: una ampolla de cristal incoloro del tipo corriente usado en farmacia y de la que sólo se ha roto una punta, lo que quiere decir que el líquido sólo puede haberse extraído mediante una jeringuilla provista de su aguja de inyectar. El personaje de smoking oscuro mira también la ampolla, pero ésta no lleva ningún nombre o marca que pueda indicar lo que contenía.
Mientras tanto, se han separado las últimas parejas que aún bailaban, tras haber cesado la música. Lady Ava tiende una mano elegante y cortés a uno de los hombres de negocios, que se despide de ella con ademanes ceremoniosos.