
Fuera, el calor es sofocante. Perfectamente inmóvil en la noche húmeda, como petrificado en medio de una materia sólida, se inclina sobre la avenida el follaje finamente recortado de los bambúes, iluminado por la luz incierta que llega de la escalinata de la villa y destacándose sobre un cielo totalmente oscuro, entre el chirriar constante y ruidoso de las cigarras. En la puerta del parque no hay taxis, pero sí varias jinrikishas alineadas a lo largo de la tapia. El conductor que tira de la primera de la fila es un hombrecillo enclenque, vestido con mono; ofrece sus servicios en un lenguaje incomprensible, que debe de imitar el inglés. Bajo la capota de lona en forma de alero, subida en previsión de las lluvias repentinas, muy frecuentes en esta época del año, el asiento está provisto de una almohadilla pegajosa y dura, cuyo hule roto deja salir su relleno por uno de los ángulos: una materia áspera, apelmazada en mechones rígidos, impregnados de humedad.
El centro de la ciudad desprende, como de costumbre a estas horas, un olor dulzón a huevos semipodridos y fruta demasiado madura. La travesía en el transbordador de Kowloon no trae el menor frescor, y, en la otra orilla, las jinrikishas que esperan son idénticas, están pintadas del mismo rojo estridente y tienen las mismas almohadillas de hule; sin embargo, las calles son más anchas y limpias.
