
Intentaré, pues, relatar ahora aquella velada en casa de Lady Ava, precisar en todo caso cuáles fueron, por lo que yo sé, los principales sucesos que la singularizaron. Llegué a la Villa Azul sobre las nueve y diez en taxi. Un parque de vegetación tupida rodea por todas partes la inmensa mansión de estuco, cuya arquitectura recargada, así como la yuxtaposición de elementos aparentemente heteróclitos y su color insólito sorprenden siempre, incluso a quien la ha contemplado ya muchas veces, cuando aparece, a la vuelta de una avenida, enmarcada de palmeras reales. Como tenía la impresión de llegar algo temprano, es decir, de ser uno de los primeros invitados en franquear la puerta, si no el primero, ya que no veía a nadie más ni en el camino de acceso ni en la escalinata, preferí no entrar enseguida y torcí hacia la izquierda para dar unos pasos por aquella parte del jardín, la más agradable. Sólo los alrededores inmediatos de la casa están alumbrados, incluso en días de recepción; enseguida unos espesos macizos vienen a obstruir la luz de los faroles, y hasta el resplandor azul reflejado por las paredes de estuco; pronto no se distingue más que el contorno de las avenidas de arena clara y luego, cuando los ojos se habitúan a la oscuridad, la forma de conjunto de los bosquecillos y árboles más próximos.
