Era la primera novela de su mujer, aunque hacía poco esta le había prohibido que se refiriera a ella concretamente con esa frase, ya que empezaba a parecer que su primera novela iba a ser también la última. Cuando Las guerras del río fue publicada y John y Amanda aún rebosaban esperanza, se habían inventado el término «avistamiento en la jungla» para cuando descubrieran casualmente a alguien leyendo la novela. Sin embargo, hasta entonces aquello había sido pura teoría. John deseó que hubiera sido Amanda la que lo hubiera vivido. Necesitaba desesperadamente algo que la animara y él prácticamente se había dado por vencido y daba por hecho que en aquel aspecto no tenía nada que hacer. John comprobó dónde se encontraba la azafata. Estaba en la cocina, así que abrió el móvil, lo levantó un poco por encima del asiento e hizo una foto.

El carrito de las bebidas volvió a pasar. Cat compró más ginebra, John pidió un café y Osgood continuó emitiendo ronquidos sordos mientras su cojín humano fruncía el ceño.

John sacó el portátil y abrió un archivo nuevo:


Aspecto similar al del chimpancé pero más esbelto, con miembros más largos y arcos superciliares menos prominentes. Rostro negro o gris oscuro, labios rosados. Pelo negro con raya al medio. Ojos y rostro expresivos. Vocalizaciones frecuentes y agudas. Matriarcales, igualitarios, pacíficos. Extremadamente cariñosos. Estrechos lazos entre las hembras.


Aunque John era consciente de la naturaleza efusiva de los bonobos, al principio le pilló desprevenido la frecuencia de sus contactos sexuales, especialmente entre las hembras. Los rápidos roces genitales parecían tan normales como un apretón de manos. En ocasiones estos eran predecibles, como cuando se disponían a compartir la comida, pero la mayoría de las veces se producían sin ton ni son, al menos a ojos de John.



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