
—Lo describiré todo y no ocultaré nada —dijo por fin.
El embajador se volvió hacia el otro hombre.
—¿Y usted, Mondrian? Venga, dígalo. El Enlace se completará dentro de un par de segundos.
Esro Mondrian alzó la mirada. Su altura era ligeramente inferior a la media. El embajador y Luther Brachis le pasaban una cabeza y, en contraste con los otros dos hombres, la constitución de Mondrian era frágil y angular. Contrariamente a ellos, iba vestido de manera sencilla: El severo uniforme negro de la Investigación de Fronteras, precisamente ajustado y meticulosamente limpio, sin medallas o insignias que revelaran su rango. Un simple ópalo de fuego en el cuello izquierdo de su indumentaria servía como identificación y escondía sus múltiples funciones de comunicador, computadora y arma.
Finalmente, Mondrian se encogió de hombros.
—Tranquilo, Dougal. Sabe que no suelo ocultar datos a nadie que tenga acceso legítimo a ellos. En cuanto dispongamos de identificación completa de las partes involucradas en este Enlace, les proporcionaré toda la información que poseo.
Su voz era grave y agradable, pero Macdougal no respondió a su tono conciliador. Estaba a punto de replicar cuando las luces que anunciaban la operación de Enlace Mattin empezaron a parpadear. Miró molesto a Esro Mondrian y se volvió hacia el pozo instalado en medio de la sala. Delante de ellos, en el hemisferio del atrio central de la Cámara Estelar, centellearon tres óvalos de luz. En su interior se formaron las imágenes tridimensionales de los embajadores.
En el de la izquierda apareció una masa pulsante y sombría de un color púrpura oscuro.
