– ¡Tess, qué vergüenza! Kenny Kronek es un chico agradable.

– ¡Ay, mamá! Eso dices siempre porque es el hijo de Lucille, y ella era tu mejor amiga pero sabes tan bien como yo que era un diota de primera. ¡Vaya! Ni siquiera podía caminar sobre una línea recta sin tropezarse. ¡Y todos esos barros! Todavía puedo oler el medicamento que usaba para el acné.

– Kenny se encargó de su madre hasta el día en que murió, y no toda la gente agradable del mundo tiene buena coordinación, Tess. Además es un excelente padre y cuida muy bien la casa desde que Lucille murió.

– ¿Te refieres a que alguien se casó con él?

– Claro que se casó. Fue con una chica que conoció en la universidad… Stephanie. Sólo que ahora está divorciado.

– No me sorprende -murmuró Tess al alejarse de la ventana.

– Tess, por favor… -su madre la reprendió con el entrecejo ligeramente fruncido.

– Bueno, es que siempre… me estaba mirando. ¿Sabes a lo que me refiero? -fingió un escalofrío-. Era tan detestable.

– ¡Vamos, Tess, exageras!

– Pues es cierto. La única clase que tomábamos juntos era coro, y cuando fuimos al festival de coros en Saint Louis, se sentó conmigo en el autobús y no pude quitármelo de encima. Ahí estaba, sentado, tan sonrojado que pensé que la nariz le sangraría ahí mismo. ¡Y luego trató de tomarme de la mano! Te juro que todos los compañeros se burlaron tanto que pensé que moriría.

Mary tomó su taza de café y la puso en el fregadero. Luego, en voz baja, sugirió:

– ¿Por qué no sacas tus maletas del auto y lo estacionas cerca de la cochera? Es mejor que no dejes toda la noche en la calle un auto tan caro como ése.

Tess sabía cuando la reprendían, y sintió una opresión en el pecho. ¿Por qué le pesaba más la llamada de atención de su madre que la de cualquier otra persona?



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