
El tránsito alrededor de la plaza avanzaba en un solo sentido, y, en aquel ocioso martes de abril, la señorita Elsie la recorría por los cuatro costados a paso de tortuga, en busca del sitio ideal para estacionarse. El zx la seguía a escasos centímetros de distancia de su, parachoques.
Dentro del auto deportivo, Tess McPhail interrumpió su canción y dijo en voz alta:
– ¡Vamos, señorita Elsie, muévase!
Durante las últimas cinco horas había estado escuchando su propia voz en una cinta de demostración para su próximo álbum que había grabado en Nashville semanas antes. Su productor, Jack Greaves, le había dado la cinta el día anterior, al salir del estudio.
– Escúchala camino de Missouri; después llámame por teléfono, y dime qué opinas.
La cinta continuaba sonando mientras Tess, impaciente, tamborileaba el volante de cuero con la punta de una larga uña color anaranjado escandaloso. Por fin, la señorita Elsie llegó a la esquina, dio vuelta a la izquierda y se hizo a un lado del camino de Tess, quien procedió a pisar el acelerador y recorrer a toda prisa Sycamore Street mientras murmuraba:
– ¡Dios del cielo! ¡Estos pueblos pequeños!
El pueblo no había cambiado nada desde que ella se marchó hacía ya dieciocho años. Las mismas viejas fachadas de las tiendas, los mismos veteranos de la Segunda Guerra Mundial mirando pasar los autos y en espera del próximo desfile; las mismas casas antiguas en Sycamore Street. Ahí estaba la casa de la señora Mabry. Había sido su maestra de geometría y nunca pudo infundirle el más mínimo interés a Tess, quien insistía en que ella no iba a necesitarla porque llegaría a ser una gran estrella de música country después de graduarse.
Tess volvió a poner la grabación de Oro ennegrecido por última vez, escuchando con oído crítico. En general, le gustaba, y mucho, con excepción de una armonía que seguía molestándole.
