Pasó la casa de Judy y Ed, en Thirteen Street. La puerta de la cochera estaba abierta, pero Tess sólo le dirigió una fugaz y dura mirada. Su hermana Judy y sus malditos y banales caprichos.

– Volverán a operar a mamá de la cadera y esta vez tú tendrás que hacerte cargo de ella -le había dicho Judy.

¿Qué sabe Judy de las exigencias de una carrera artística? Lo único que hace es dirigir una peluquería", pensó. "No tiene idea de lo que significa que te hagan dejar tu trabajo a la mitad de la grabación de un álbum que la firma grabadora planea sacar a la venta en una fecha que se fijó hace más de un año."

Judy estaba celosa. Siempre lo estuvo; y su manera de vengarse era alardear de su autoridad.

Luego estaba la hermana intermedia de Tess, Renee, cuya hija iba a casarse en unas cuantas semanas. "Es comprensible que Renee tenga mucho que hacer antes de la boda," se dijo, "pero, ¿acaso no podían haber planeado la boda y la cirugía para que no estuvieran tan cerca una de otra? Después de todo, mamá sabía que iba a necesitar esta segunda prótesis de cadera desde que la operaron la primera vez, hace dos años."

Tess dio vuelta en Monroe Street, y los recuerdos de la infancia la invadieron mientras recorría las seis calles que había caminado todos los días hasta la escuela primaria durante seis años. Se detuvo a un lado de la acera frente a la casa de su madre, apagó el motor y bajó del vehículo. Era una mujer muy delgada, usaba botas y pantalones vaqueros, anteojos de sol exageradamente grandes, y unos largos pendientes indios de plata y turquesas; tenía el cabello castaño rojizo y una piel blanca y pecosa.

Se decepcionó mucho al ver la casa. ¿Cómo pudo su madre permitir que se deteriorara tanto? La casita de campo, posterior a la Segunda Guerra Mundial, era de ladrillo rojo, pero las molduras blancas de madera estaban descascaradas, y los escalones del frente, desalineados. La vereda estaba llena de agujeros y brillaban dientes de león por todo el jardín.



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