
¿Qué hace mamá con el dinero que le envío?", se preguntó.
Tess se inclinó hacia el interior del auto y sacó un enorme bolso gris de cuero muy suave, cerró la puerta de golpe y luego se dirigió a la casa. Al acercarse, su madre salió por el umbral, radiante.
– Creí oír la puerta de un vehículo -abrió la puerta de malla metálica y le tendió los brazos-. ¡Tess, cariño, ya llegaste!
– ¡Hola, mamá! -Tess saltó los tres escalones y abrazó a su madre con fuerza. Estuvieron entrelazadas un momento mientras la puerta se cerraba y las aislaba dentro de un diminuto vestíbulo. Mary McPhail era media cabeza más pequeña que su hija, y casi veinte kilos más pesada, con el rostro redondo y lentes con arillos de metal. Cuando Tess retrocedió para verla, las lágrimas arrasaban los ojos de Mary.
– ¿Estás segura de que puedes andar de un lado para otro sin problemas, mamá?
– Claro que puedo. Si no, ¿cómo podría recibir a mi hija con un abrazo? Quítate los anteojos, para que pueda ver a mi pequeñita.
Tess sonrió y la obedeció.
– Soy yo -Mary la tomó de las manos y la admiró.
– Eres tú. Claro que sí… tú, a la que no he visto en nueve meses -Mary hizo un ademán de reproche ante el rostro de Tess.
– Lo sé. Lo siento, mamá. He tenido muchísimo trabajo, como de costumbre.
– Tu cabello se ve distinto -Mary la mantuvo quieta, sujetándola por los codos para echarle un vistazo. Tess llevaba el cabello largo, que le caía en las espaldas en capas desordenadas muy por debajo del cuello de su camiseta, mientras que al frente apenas le cubría las orejas-. Y caramba, niña, estás muy flaca. ¿Acaso no te alimentan allá en Nashville?
– Me esfuerzo por mantenerme delgada, y lo sabes, así que por favor no comiences a rellenarme con comida, ¿de acuerdo?
Mary se volvió y cojeó al interior de la casa.
– Bueno, es que una pensaría que con todo ese dinero que ganas podrías alimentarte un poco mejor.
