Tess resistió el impulso de volver los ojos al cielo y siguió a Mary. Cruzaron por una sala sencilla, con paredes de estuco rugoso y muebles con muchos años de uso, dominaba el sitio un piano vertical. En el muro contrario había tres arcos: el del centro conducía a las escaleras; el de la derecha, al baño y al cuarto de Mary; y el de la izquierda, a la cocina y a la parte posterior de la casa. Mary rengueó hasta llegar a este último mientras hablaba.

– Yo creía que todas las cantantes de música country usaban el cabello largo.

– Eso era antes, mamá. Ahora, las cosas están cambiando en el ambiente artístico.

– Pero te cortaste tus hermosos rizos.

"Tu cabello sí necesita un buen corte", pensó Tess al observar la incipiente calvicie en la coronilla de su madre. Pero lo más importante era su dolorido modo de andar, apoyándose en los muebles o las paredes cuando podía.

– ¿Estás segura de que puedes caminar, mamá?

– Ya me tendrán acostada durante suficiente tiempo después de la operación. Mientras pueda cojear por aquí, lo voy a hacer.

Era una mujer de setenta y cuatro años, regordeta y fornida; llevaba un par de viejos pantalones tejidos de poliéster que habían comenzado a desgastarse. Tess se preguntó dónde estaría el elegante conjunto de pantalones de seda que le mandó desde Nordstrom el otoño anterior, cuando estuvo de gira por Seattle.

– La cocina no ha cambiado -comentó, al tiempo que Mary abría el grifo de agua y llenaba la cafetera.

– Es vieja, pero así me gusta.

Tenía alacenas blancas de metal con cubiertas de formica café, tan desgastadas que en algunos sitios se veían blancuzcas. El tapiz era de horribles motivos florales color naranja, y de ambas ventanas colgaban cortinas con alzapaños del mismo diseño. Junto a la cocina había una tarta de pacana hecha en casa, por lo menos con trescientas calorías por rebanada.

La mirada de Tess se detuvo ahí.



5 из 142