
– ¡Oh, mamá, no me digas que tú la hiciste!
Mary se volvió y notó que Tess se la comía con los ojos.
– Claro que sí. No podía permitir que mi pequeña llegara a casa y no encontrara su postre favorito.
¿Por qué se alteraba tanto Tess cuando su madre la llamaba "su pequeña"? Ya tenía treinta y seis años. Su nombre y cara eran tan familiares para la mayoría de los estadounidenses como los del presidente de la nación, y sus ingresos excedían por mucho a los de éste, pero su madre insistía en referirse a ella como "su pequeña". Las pocas veces que Tess la había corregido diciéndole que ya no era su pequeña, Mary se había mostrado perpleja y herida. Así que, esta vez, Tess no le dijo nada.
– ¿Estás haciendo ese café para mí? -preguntó.
– No puedes tomar tarta de pacana sin café.
– La verdad es que ya no tomo mucho café, mamá, y lo cierto es que tampoco debería comer la tarta.
Mary la vio por encima del hombro. Su alegría desapareció y lentamente cerró la llave del agua. Miró dudosa la cafetera a medio llenar y luego volvió a abrir la llave.
– Entonces prepararé un poco para mí.
– ¿Tienes algo de fruta, mamá? últimamente me alimento con mucha fruta, y me encantaría comer algo. No he tomado nada desde el desayuno.
– Tengo una lata de duraznos -Mary abrió la alacena inferior y, con dificultad, intentó inclinarse.
– Sería delicioso, pero yo misma los sacaré de allí. Vine a casa a cuidarte, y no a que me atiendas.
Eran duraznos en almíbar; Tess abrió la lata, tomó un tenedor de una gaveta y comenzó a comerlos directamente de la lata, paseándose por la cocina. Mary abrió el refrigerador.
– Te preparé tu comida favorita: hamburguesas y tortitas de papa fritas -dijo-. Podría meterlas al horno ahora mismo; sin embargo… -se volvió a mirar el reloj de la pared- son apenas las cuatro y media, así que tal vez debamos esperar un rato, y…
– Con los duraznos estaré bien, mamá. Sé que por lo general no comes sino hasta las seis.
